Mierda sticker de goma, mierda de perro, botella, pajarillo, ¡moneda! Una preciosa y brillante monedas de 50000 eurones apareció frente a mis ojos, y antes de que el encandilamiento bajara, un chabalito de 5 años pasó corriendo y se la llevó. La había estado buscando desde las 6 de la mañana, y ese niñato...
- ¿Adónde es que va, Mr. Lepisky? - El guardaparques Jhon Mitchells me miró con su mirada preferida, aquella reservada sólo para ocaciones especiales y emergencias.
- Sólo estoy juntando algo de basura Sr.
- ¡De 6 a 10! Recuerde Lepisky, ¡de seis a diez! - y se me quedó mirando fijamente, como si esperase que le respondiera.
Eran las 10 de la mañana y mis intenciones por dejar aquel paraiso eran nulas. Me escabulli en la copa de un arbol, y esperé. Esperé tanto que mis ojos comenzaron a parpadear y parpadear, y parpadear tan pero tan lento, que apenas recordaba si estaba despierto o dormido, hasta que anocheció.
No era mi primera vez, ya en otras ocaciones había jugado tal artimaña, generalmente cuando no estaba nublado. El lugar era perfecto para dormir junto, arriba o debajo de cualquier arbol; era perfecto. El guardia nocturno temía inmiscuirse por el parque, él era un creyente.
La gente hablaba, y hablaba mucho, se decía que desde hace 50 años el parque Gilberth era visitado por seres intraterrestres, y de los de todo tipo. Una señora, Jaanaha Wai había tomado un video con ellos; el asunto recorrió el mundo en un pestañeo, sin embargo la prensa desprestigió el asunto, tratandola como la mentirosa del siglo.
- Hola Mr. Lepisky - una voz surgió de entre unos matorrales, la sangre se me subió a la cabeza, bajó por las venas finitas y se centró en mis pies.
- ¿Quién es usted? ¿Puede salir a la luz por favor?
- Perdone mi apariencia Mr., sin embargo ya estoy en la luz, yo soy la luz. - Lepisky se miró las manos con disimulado interés, estaban rojas y temblaban. Había una gran luz a su alrededor, parecía provenir de un farol, pero no había farol.
- ¿Qué es lo que es usted?
- Soy J43. Si desea mantener su privacidad, simplemente pidemelo y me apagaré.
- ¡Apagate!
Y me quedé a oscuras. Las lunas estaban tapadas por una gran cantidad de nubes azules, y había... dos lunas, una roja y otra azul.
- ¡Preeeeeeeeeeeeendete! - ¡Grité! 6 segundos más tarde podía ver otra vez.
- ¿Teme a la oscuridad Mr.?
- Digame, ¡¿por qué hay dos lunas?! ¿qué es usted?
- Centauro y Alfa, bellas ¿no es así? - la luz parpadeo.
- Creí que sólo una luna existía, y se llamaba Luna.
- Pues verá, hay dos.
- Lo sé, pero no debería.
- Pero es.
- ¿Dónde estoy? - Miré a mi alrededor, no pude ver mucho, los arboles aún seguían en su lugar.
- Está en el parque Mr. ¿quiere que llame a un doctor?
- No es necesario. ¿Dónde está el guardia?
sábado, 17 de abril de 2010
MACME
- ¡Fuera! ¡fuera! ¡fuera capitalismo!
Habían estado gritando lo mismo toda la mañana, sin intervalos siquiera para meditar. ¡Malditos talibanes!, todo el tiempo la misma rima, inmutable; como la más de las palabras sacras.
María no pegó un ojo, ¡maldito ruido!
La bebé lloraba desde las 5:33 am., hace 6 horas de eso ya. Marta, mi mujer, había salido. No mencionó un porque, tampoco pregunté, consideré poco apropiado inmiscuirme en su privacidad. Antes de ayer peleamos hasta el hartasgo, luego me desperté y no estaba. Dejó una nota sobre la mesa, decía "Antes de que te des cuent". La frase terminaba abruptamente, apenas podía leerse una "a" en el final, pero su rastro era el de un fantasma.
Me dispuse a salir a pasear, estaba asqueado de todo y necesitaba pensar acerca de todo, y por qué había sucedido tan rápido, ¡y si que fue rápido!, tanto que apenas aun no puedo entenderlo.
Dejé precisas instrucciones a los sirvientes para que controlasen de todas las necesidades de María, y me transporté.
Charleana esperaba desnuda.
- Qué rápido te transportás.
- Estaba cansado de estar allí, con la bebé y esos malditos manifestantes...
- ¡Calla! ¡Sabes bien que apoyo al partido! No tenías por qué mencionarlo...
- Perdón... - y la miré con los más grandes y explosivos ojos de gato remilgón. Ella cedió.
- Y bien, ¿por qué me llamaste? ¿qué es eso tan importante que tenés para decirme?
- El ratón escapó - murmuré por lo bajo. En ese momento sentí que temblaba.
- ¿Por qué no lo atrapás?
- Creo que merece vivir...
- Ningún ratón merece vivir - me interrumpió. Escupía las palabras.
- Lo sé. Charleana sabrás que no sería tan estúpido para acudir a ti con palabras acerca de un simple ratón. Es sólo que... no puedo decirlo.
- Dilo.
Y el mundo se me vino abajo, no podía decirle que un ratón del experimento 443 había tirado abajo con cientos de miles y quizá millones de teorías humanas, porque ese ratón, ese pequeño y peludo animalito, había tenido una hija, mi hija.
Habían estado gritando lo mismo toda la mañana, sin intervalos siquiera para meditar. ¡Malditos talibanes!, todo el tiempo la misma rima, inmutable; como la más de las palabras sacras.
María no pegó un ojo, ¡maldito ruido!
La bebé lloraba desde las 5:33 am., hace 6 horas de eso ya. Marta, mi mujer, había salido. No mencionó un porque, tampoco pregunté, consideré poco apropiado inmiscuirme en su privacidad. Antes de ayer peleamos hasta el hartasgo, luego me desperté y no estaba. Dejó una nota sobre la mesa, decía "Antes de que te des cuent". La frase terminaba abruptamente, apenas podía leerse una "a" en el final, pero su rastro era el de un fantasma.
Me dispuse a salir a pasear, estaba asqueado de todo y necesitaba pensar acerca de todo, y por qué había sucedido tan rápido, ¡y si que fue rápido!, tanto que apenas aun no puedo entenderlo.
Dejé precisas instrucciones a los sirvientes para que controlasen de todas las necesidades de María, y me transporté.
Charleana esperaba desnuda.
- Qué rápido te transportás.
- Estaba cansado de estar allí, con la bebé y esos malditos manifestantes...
- ¡Calla! ¡Sabes bien que apoyo al partido! No tenías por qué mencionarlo...
- Perdón... - y la miré con los más grandes y explosivos ojos de gato remilgón. Ella cedió.
- Y bien, ¿por qué me llamaste? ¿qué es eso tan importante que tenés para decirme?
- El ratón escapó - murmuré por lo bajo. En ese momento sentí que temblaba.
- ¿Por qué no lo atrapás?
- Creo que merece vivir...
- Ningún ratón merece vivir - me interrumpió. Escupía las palabras.
- Lo sé. Charleana sabrás que no sería tan estúpido para acudir a ti con palabras acerca de un simple ratón. Es sólo que... no puedo decirlo.
- Dilo.
Y el mundo se me vino abajo, no podía decirle que un ratón del experimento 443 había tirado abajo con cientos de miles y quizá millones de teorías humanas, porque ese ratón, ese pequeño y peludo animalito, había tenido una hija, mi hija.
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