miércoles, 28 de febrero de 2007

Una tarde con él

"¿Qué me dirías si te dijera que todo lo que te molesta en el mundo puede ser cambiado en un abrir y cerrar de ojos?

El día de los libros me comentaste que tu mayor deseo era cambiar, y creo entender cuál es tu problema: estás acomplejado con los complejos de la gente. ¿Para qué cambiar y ser como el resto?, ¿acaso crees que la base de tus problemas se encuentra en aquellos kilos de más, resultado de una dieta alta en Coca-Cola, Mc Donnalds y Papas Fritas?
Mirá a ese señor, si el de allá. ¿Crees que es feliz? No lo es, en lo absoluto. Si, es delgado, su esposa, o la mujer que camina junto a él es muy bella, perfectamente podría ser una modelo de revistas. Su auto, un Mercedez de última generación. ¿Eso es lo que querés, mi querido? ¿Deseás ser como él, o deseás lo que la mayoría desea ser?
"

La vencida

Nadie sabía acerca de la existencia del extraño personaje que había aparecido en mi vida durante aquel cumpleaño de abril, y era mejor así, no todos podrían entenderlo. Con el pasar del tiempo había meditado mucho acerca de él, y con poco éxito intenté buscarlo.
Pasados 4 meses desde aquella vez, presentía que no volvería a verlo jamás, sin embargo estaba equivocado.

Cierta noche, al volver del supermercado, lo vi. En principio me costó reconocerlo, tenía el pelo más corto, se había pintado una linea azul que cubría sus ojos y algo de su nariz; había crecido.
Él estaba sentado en la vereda, fumando un cigarrillo en soledad.

"¡Buen hombre!", me gritó.
No le respondí; pasé junto a él sin siquiera mirarlo, con toda la indiferencia que era capaz de mostrar, me sentía cruelmente ofendido.

"He venido para cumplir la promesa que os he hecho, mi muy querido amigo", murmuró artificialmente. Me detuve en seco. Me volví y le dije que lo escucharía.

"Estuve muy ocupado con algunos asuntos importantes, pero nunca olvido a quien me ha hecho un favor, ¡oh no!
Me presento, mi nombre es Marco Antonio; podrás llamarme Marc, como prefieras. ¿Alguna pregunta?"

Me senté junto a él, para meditar lo oído; tras una breve pausa le dije mi nombre, Lautaro, y tras aceptar gustosamente su ayuda me dijo:

"Te veré acá, mañana a las 5, ¡dulces sueños!"

martes, 27 de febrero de 2007

Catorce años

No todos los días uno cumple catorce años, y no todos los cumpleaños se termina perdido en un shopping; así fue cómo me lo encontré por segunda vez:

Al salir de ver aquella gran película de Disney que ya no recuerdo, me topé con que mis padres no me esperaban a la salida y comencé a entrar en pánico; me tranquilicé al sentarme y razonar, su función terminaría dentro de media hora, ya que mi película había sido más corta, por lo cual tenía tiempo para inspeccionar el lugar.
Libros, debía ir a ver los libros, buscar alguno interesante para comprar con mis ahorros de toda la vida; me encantaban los libros de suspenso y acción, los libros de drama y aventura, y los...
Entré al lugar, habían 20 mesas con libros de todo tipo más una gran cantidad de estanterías; curiosamente no mucha gente compraba ese día.
Concentrado en la contra tapa de una novela de Shakespeare, un chico de unos 18 años se me acercó y me dijo: "Buenas noches, Coronel. ¿Aún juega con soldados de juguete?". Quedé pasmado, una gran oleada de recuerdos atravesó mi cerebro de un parpadear a otro y recordé a aquel pirata de antaño.
Timidamente alcé la vista, me costó concebir que alguien me recordara después de tantos años y con solo haberme visto una vez.
"Necesito vuestra ayuda, Coronel" me susurró al oído tras mostrarme un bello libro que había guardado en su mochila; "¿Puede hablar con aquella señora de seguridad que en estos momentos nos está mirando mientras yo termino con unos asuntillos?". Rotundamente le dije que no, en lo absoluto lo ayudaría a cometer fechoría alguna. Me miró fijamente y agregó: "¿Qué es lo qué más desea en el mundo, señorito?". Titubeé, lo observé de arriba hacia abajo y luego hice un gesto para que me mirara.

Yo era una persona algo robusta y tenía graves problemas en el colegio gracias a ello, todos me decían gordo.

Me sonrió y prometió cambiar mi vida a cambio de un favor, hablar con la mujer policía. Acepté sin pensarlo, no a causa de su utópica propuesta, sinó por mi gran deseo de alejarme de aquella persona tan curiosa.

La señora de seguridad no entendió palabra alguna de lo que intentaba decir; era yo una persona tímida en extremo y mi voz vacilaba traicioneramente. Pese a todo, vi como aquel muchacho se marchaba del establecimiento y procedí a hacer lo mismo.
Ya fuera me mostró los tres libros que había comprado y me regaló uno, exigiendome que lo lea ya que lo había elegido especialmente para mi. Le dije que había cumplido mi parte, que ahora le tocaba a él. Sonrió y se marchó.

El comienzo

Poco importa cómo me llame, poco importa cuánto pese o mida, cuánto camine o cuánta agua tome por día; lo que realmente importa, es que no se cómo jodidamente comenzar esto, así que será algo así:

Aún recuerdo cómo lo conocí, yo tenía diez años y él quince; caminaba por la vereda vestido de pirata junto a su hermana, ambos con parche y pañuelo y un cofre a sus espaldas. Discutían acerca de la mejor ubicación para dejar el tesoro, y cómo enterrarlo si no traían pala alguna. No les di mucha importancia, absorto como estaba con mis muñequitos de soldados, imaginando una gran guerra en la cual yo era el principal.
Al pasar junto a mi me sonrió, observandome con aquellos dos ojos penetrantes de pirata empedernido. "Buen hombre", recuerdo que me dijo, "¿tiene usted idea acerca de cuál sería el mejor lugar para guardar un tesoro?"; timidamente, negué con mi cabeza y le pregunté: "¿Qué van a hacer?"; "Salvaremos al mundo, mi querido, salvaremos al mundo ¿quieres ser un heroe?", otra vez le dije que no, ya que tenía mucha tarea por hacer.

Así lo conocí, y no lo volví a ver hasta el día de mi catorceavo cumpleaños, pero eso ya es otra historia.