
No todos los días uno cumple catorce años, y no todos los cumpleaños se termina perdido en un shopping; así fue cómo me lo encontré por segunda vez:
Al salir de ver aquella gran película de Disney que ya no recuerdo, me topé con que mis padres no me esperaban a la salida y comencé a entrar en pánico; me tranquilicé al sentarme y razonar, su función terminaría dentro de media hora, ya que mi película había sido más corta, por lo cual tenía tiempo para inspeccionar el lugar.
Libros, debía ir a ver los libros, buscar alguno interesante para comprar con mis ahorros de toda la vida; me encantaban los libros de suspenso y acción, los libros de drama y aventura, y los...
Entré al lugar, habían 20 mesas con libros de todo tipo más una gran cantidad de estanterías; curiosamente no mucha gente compraba ese día.
Concentrado en la contra tapa de una novela de Shakespeare, un chico de unos 18 años se me acercó y me dijo: "
Buenas noches, Coronel. ¿Aún juega con soldados de juguete?". Quedé pasmado, una gran oleada de recuerdos atravesó mi cerebro de un parpadear a otro y recordé a aquel pirata de antaño.
Timidamente alcé la vista, me costó concebir que alguien me recordara después de tantos años y con solo haberme visto una vez.
"
Necesito vuestra ayuda, Coronel" me susurró al oído tras mostrarme un bello libro que había guardado en su mochila; "
¿Puede hablar con aquella señora de seguridad que en estos momentos nos está mirando mientras yo termino con unos asuntillos?". Rotundamente le dije que no, en lo absoluto lo ayudaría a cometer fechoría alguna. Me miró fijamente y agregó: "
¿Qué es lo qué más desea en el mundo, señorito?". Titubeé, lo observé de arriba hacia abajo y luego hice un gesto para que me mirara.
Yo era una persona algo robusta y tenía graves problemas en el colegio gracias a ello,
todos me decían gordo.
Me sonrió y prometió cambiar mi vida a cambio de un favor, hablar con la mujer policía. Acepté sin pensarlo, no a causa de su utópica propuesta, sinó por mi gran deseo de alejarme de aquella persona tan curiosa.
La señora de seguridad no entendió palabra alguna de lo que intentaba decir; era yo una persona tímida en extremo y mi voz vacilaba traicioneramente. Pese a todo, vi como aquel muchacho se marchaba del establecimiento y procedí a hacer lo mismo.
Ya fuera me mostró los tres libros que había
comprado y me regaló uno, exigiendome que lo lea ya que lo había elegido especialmente para mi. Le dije que había cumplido mi parte, que ahora le tocaba a él. Sonrió y se marchó.