martes, 27 de marzo de 2007

Segunda parte

Con devoción y paciencia me había instruido acerca de que hacer ante tal menester catastrófico, sus palabras parecían sencillas; pero, ante cada punto, lo detenía exclamando que nada era tan simple. Él se limitaba a sonreír amablemente, observandome con aquella mirada reservada para casos excepcionales.
Tenía un mapa y tenía un plan, y también tenía un maldito papel con instrucciones, sólo me faltaba autoestima:
"Mi muy querido, ¿para qué necesitas eso? El autoestima no es más que un juego mental. Es muy simple, cree y concientizate que sos la persona más bella del mundo, que a todos les interesa tus palabras y todas esas cosas... y voilá, tu autoestima será tan grande como el tumor cerebral de aquella rata de laboratorio." exclamó, mientras señalaba con su dedo indice a un mamífero muy grande que corría hacia las alcantarillas del laboratorio Roche.
Era demasiado cierto, esa era la clave, pero ¿cómo transformar mi propio ser? ¿valía la pena intentar cambiar por alguien a quien nunca había visto reír?
"Nadie vale la pena, hasta que vale la pena; pero entonces, ya es demasiado tarde", sus palabras aturdían mi conciencia, algo agitada y confundida. Me acurruqué en mi sillón, y observando la luna llena, me dormí.

El día pactado había llegado, era el momento de la acción. Sabía dónde estaría ella, él me lo había dicho, sabía a que hora llegaría y qué haría. "Todo ha de resultar como una película", Marco había insistido una y otra vez en ese punto, en el que apoyaba todo su plan, tan meticulosamente elaborado y meditado. Yo tenía fé en él, nunca me había descepcionado.
Ella salió del cine de la mano de un muchacho algo apuesto. Ambos estaban serios. Yo esperaba sentado, en el suelo, junto a una pared, escondido y esperando mi momento para entrar en acción. Las instrucciones decían: "Esperar en la pared, sentado, y acercarse cuando ella comience a llorar".
El tiempo se sucedía, personaje extraño y muchacha amada se encontraban sentados en una mesa, frente a las salas de cine, charlando muy a gusto.
Suena un celular, el chico extraño atiende, corta, le dice algo a ella y sale corriendo de la escena. Ella comienza a llorar. Me acerco, colorado y pálido a la vez, cualquiera podría asegurar que mantenía mi color natural. Susurro las palabras previstas en su oído, tan bello y tibio; ella ríe y me observa. Se enjuaga las lágrimas y se cierra el telón.

lunes, 26 de marzo de 2007

Amor

Sentirse olvidado por el mundo es trágico, pero más trágico aún es olvidar la sensación que trae el mundo. Así me sentía yo, como quién cree entender todo, y a su vez nada.
Mi vergüenza contenida había estallado en risas aquella noche, en aquél lugar, aquél día. Esa chica, de peculiares ropas, de ausencia de sonrisas, habiase convertido en la atracción principal para mis pensares diarios. Poco entendía yo de como reaccionar, por lo que no reaccioné.

Cuando Marco terminó de escuchar la historia, musitó: "Algo habrá que hacer..." para luego preguntar: "¿nunca la viste reír?".

jueves, 15 de marzo de 2007

Zqwert

Tras intentar entender por qué lo había hecho, me dijo:

"Todo en el mundo tiene una explicación, en general todos tienden a intentar entenderlo del modo más complejo, cuando muchas veces la respuesta se haya en lo más simple y jamás pensado. Si escondo este pedazo de papel en la casa, ¿dónde lo buscarías? ¿cuánto tiempo podrías tardar para darte cuenta que lo pegué en la heladera? ¿1 día, 2...?, ¿nunca?; ¿por qué todos tienden a buscar las respuestas en los recovecos más complejos y misteriosos?"

Había logrado hacerme llorar, sentía que todo había sido mi culpa, que... pero no. Lo sucedido no era ni más ni menos que otra ilusión. Marco sabía que ello sucedería, lo intuía, lo veía, lo presentía, y lo único que hizo fue, ni más ni menos, preguntarle una dirección.

¿Cómo lo sabía? Nunca quise saberlo.

lunes, 5 de marzo de 2007

Un día más

Intentar entender la vida no es prioridad, si lo es, en cambio, disfrutarla. Solía repetirme eso una y otra vez, pero, ¿cómo abstenerme de hacer preguntas?
Recuerdo muy bien el día que intentó demostrarme el hecho de que hasta el más forajido poseía un corazón conmovible. Se había acercado a un policía; bajo, regordete, de mirada hosca y sombría, tenía los pelos negros como el cielo en un solitario desierto azul. Era de esos tipos con los cuales uno no desearía tener problema alguno.
Le había advertido que no lo haga, que le creía, pero sin embargo caminó muy decidido, mientras yo lo miraba, de lejos. Se situó a un paso del mismísimo oficial, le dijo unas palabras, apoyó su mano sobre su hombro, y volvió hacia mi, con una sonrisa que bien podría atribuirsele a un chicuelo de 6 años tras cometer alguna travesura.
Le dije que su truco no había surtido efecto alguno, tras lo cual insistió que continuase mirando. A continuación mis ojos vieron cómo ese señor, de unos 40 años de edad, se largó a llanto tendido sin razón alguna ni por qué. Al cabo de unos 5 minutos, desenfundó su revolver y se disparó.

jueves, 1 de marzo de 2007

Ilusiones

"¿Has leído el libro que te regalé?", me preguntó luego de un incómodo silencio. Le dije que si, que me había gustado pero que no era más que un cuento de ficción.
Comenzó a reírse, encendió un cigarrillo y sacó de su morral aquél libro: Ilusiones de Richard Bach. Su ejemplar era mucho más feo que el mio, parecía haber pasado por cientos de manos antes de llegar a él y, sin embargo, mantenía esa pulcritud que sólo poseían los libros recién comprados. Leyó en voz alta la contratapa:

¿Qué haríais -preguntó el maestro a la concurrencia- si Dios os hablara directamente a la cara y os dijera: "Os Ordeno Que Seáis Felices En El Mundo Mientras Viváis?"

Su voz había sonado más imponente que de costumbre. "¿Acaso no comprendés el mensaje?", me preguntó jocosamente, a la vez que acomodaba su negro pelo azabache. Negué con firmeza y sonrió. Tras suspirar con vigor, anunció que debía irse.

Aún recuerdo cómo, al día siguiente, me desperté de un sobresalto: había soñado con Marco, él me miraba desde los cielos, volando como un ave más, y entre risas, me gritaba "¿Aún piensas que es un cuento de ficción?".