El espejo de Camilo tenía frío y poco abrigo; estaba mal iluminado, y todos le ponían cara de desagrado. Ayy pobrecito, tan aburrido y solito.
Algunos le hacían muecas, otros reían, y otros le escapaban: ni una miradita le dejaban, al pobre del espejito, que tenía Don Camilo.
Al otro día apareció Mariana, con ojos de enamorada, que se convirtieron en miedo, y terminaron en lágrimas. El espejo se empañó, y el muy atrevido algo le escribió:
"Cambiame los foquitos, por favor"
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