jueves, 29 de julio de 2010

Óxido de amor

Todo comenzó el día que conocí a Maiai, una anciana decrépita que lo único que me dijo fue:

- Tengo amor óxido, 300 yen, ¿querés?

También conocida como la droga del mal de amores, era la sustancia legal-ilegal que hacía furor entre los ancianos. Yo teníá 63 años y aún me consideraba jovial.

Frasco en mano escapé corriendo.

Cuando llegué a mi lugar, un gran descampado con olor a aserrín y meo de gatos, me entregué al asunto de lleno. Preparé la mezcla en un sintetizador amórfico y englutí el contenido sin meditarlo.

Cientos de millones de pececitos comenzaron a agitarse dentro mio, era como si todas las celulas de mi cuerpo vibraran, bailaran y saltaran del modo más increible. Mis suspiros olían a cientos de enamorados, abstenes, inmersos. Todo era color de rosas, el mundo era maravilloso, hermoso, me amaba y amaba.

Pero el efecto no duró mucho, cuando el sol bajó ya era yo ese vagabundo decrépito y asqueroso, que odiaba a la vida y al mundo entero.

Llegó la noche, y con ella los recuerdos; recordé cada momento de mi experiencia, añoré volver a sentirla, me sentí mal por sentirme como me sentía, quería otra probadita, un poquito más. No pude dormir, cuando amaneció, salí a buscarla, desaforadamente, estaba desesperado, no la encontré.

Pasé cinco días sin dormir, en su busqueda, y por ningún lado aparecía. Se escondía de mi, el destino la alejaba a cada paso.

Impotente, deshauciado, frágil y atontado, me la encontré. Pero esta vez, no me le acerqué.